20 noviembre 2006

Recetas de economista


Stiglitz, Nobel de Economía, acaba de publicar un libro: "Cómo hacer que funcione la globalización". Lo dedica a re­cetas para hacer frente al drástico cambio de clima en el planeta con el debido respeto a la Economía que ha estu­diado y gracias a la que ha sido galardonado. Como si no hubiera otra técnica económica más que la del Mercado Li­bre...

Yo a mi vez respeto a economistas como él, Stern o el re­cién fallecido Friedman. Pero hasta cierto punto. Porque por muy Nobel que haya sido Stiglitz o precisamente por ello mismo, también tengo mis reservas si despojamos a su in­teligencia de los afeites de la convención sobre el saber economicista. El, como los otros, profesan el democratismo, analizan el capitalismo desde el capitalismo y se guían por patrones y módulos capitalistas. Es más, ellos son, con otros ensayistas mediáticos quienes no han hecho otra cosa que apuntalarlo y propiciado el funesto neoliberalismo de los neocons.

Ahora Stiglitz, hasta proponiendo soluciones a la crisis medioambiental del planeta es incapaz de dejar a un lado la economía ortodoxa. Sin duda piensa que si rompe con ella dejaría de ser quien es. Con razón...

Los tres, Stern, Friedman y Stiglitz, son de los que, como tuvieron éxito cuando fueron bien dadas y por eso a Stiglitz el sistema democrático le premió con el Nobel, creen que los fomentos, y no la cirugía, siguen valiendo para los males extraordinarios. Muy lejos de lo que pensamos quienes no comulgamos ni con la democracia liberal ni con el mercado libre. Demasiado lejos de los que creemos que a grandes males, grandes remedios.

Se ve que Sitiglitz sigue confíando en sí mismo, en la eco­nomía tradicional y en el Poder que le invistió como sabio. Un Poder, sea el político sea el económico, tal para cual, que él debiera saber nunca responde a los especialistas de su especie -por muy Nobel que sean-, más que cuando les conviene. Mientras no propongan variables que minen ta­jantemente intereses de los más influyentes, todo irá bien. Pero si los afectan, ¡ay amigo!

Lo que no puede decirse es que este economista no sea coherente con el academicismo económico. Lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Ni aun cuando están en el úl­timo tramo de su vida estos señores, en la que me encuen­tro yo, dudan de la oportunidad y de la eficacia de sus re­comendaciones de manual. Es lo que yo llamo estar atrapa­dos en la época en que se vive, en profesar los dogmas de la cuna. De lo “correcto” –en este caso lo económicamente correcto- no pueden des­pojarse los grandes hombres, aun economistas, ni al final de sus días. ¿Cree realmente Stiglitz que vayan a hacerle caso y que sea lo que propone una solución?¿o no tiene más remedio que creerlo hasta el último suspiro? La solución que propone: “el que contamina paga” es a todas luces incompatible con el mecanismo económico en general capitalista. Luego diré por qué.

Porque si Stiglitz se considera en la obligación de hacerse eco de las alarmas de la Ciencia repartiendo recetas eco­nomicistas para encarar el futuro, no creo que sea tan inge­nuo que confíe en que el sistema económico que ha refor­zado (gracias a lo que él y Friedman obtuvieron el premio Nobel), vaya a hacerle algún caso. No es posible la sinergia repentina, que es lo que imperiosamente se exige y lo único que aportaría eficacia a la propuesta.

Los que no vemos la Economía desde la perspectiva del Nobel en la que caben máximas como "El que contamina paga" (como "el que deposita la fianza se libra de la cárcel"), pensamos que ellas y otras parecidas son justamente las que nos han traido hasta aquí y van a estrellar al mundo co­ntra la fatalidad. "El que contamina paga" es lo que reco­mienda con énfasis Stiglitz en su último libro. Pero no cree­mos que en modo alguno la tabla de salvación esté en ello. Y no lo creemos sencillamente porque los que arruinan el capitalismo son justo los capitalistas y luego los teóricos del capitalismo como él, Friedman, Stern... Pagar por contami­nar no es problema. Simplemente porque es cuestión de “hacer Caja”. Los rendimientos de la contaminación estarán siempre muy por encima de la multa. Si por contaminar me cuesta 50 pero gano 100, todavía gano 50. Es decir, com­pensa contaminar pese a la multa. Salvo que la multa sea de tal envergadura que el contaminador no pueda pagarla más que declarándose en quiebra. Esto también es de Alta Economía. Pero esto, sr. Stiglitz, vd. sabe muy bien que la misma Economía que le dio el Nobel no va a permitirlo.

El único de los economistas que tiene conciencia y valora­ciones aparte, y me parece que no es Nobel, es Jeremy Rif­kin. Pero Rifkin no se une a ese lenguaje relamido de solu­ciones de naftalina y de autoengaño.

No. Nos encontramos en un momento crucial en el que, desde una perspectiva mucho más amplia que la escleroti­zada que ofrece la macroeconomía de mercado, la de Sti­glitz, el lema es bien otro: "El que contamina, a la cárcel de por vida". (Lo mismo que en el orden social: "el que tiene di­nero para depositar fianzas, a la cárcel porque el disponer de él prueba que lo ha conseguido a través del delito que se va a juzgar"). Y así sucesivamente...

El mundo no puede seguir exigiendo libertad y abonando libertad a manos llenas. El mundo inteligente no puede se­guir confiando en una "buena voluntad" que no aparece por ninguna parte entre los intersicios del Poder en asuntos gra­vísimos. Ni el mundo ni Stiglitz pueden caer en la miserable ingenuidad de creer en el esfuerzo de los dueños del mundo que constituyen una tupida red. Red de enormes propieta­rios, de grandes contaminadores, de grandes ladrones, de grandes genocidas, de grandes delincuentes; unos aña­diendo a su depredación toneladas de charlatanería, y otros con silencio sepulcral. Pero todos conduciendo a la humani­dad a donde, si la hubieran consultado, no querría ir...

Son encomiables por su rigor, sencillez y razonabilidad al mismo tiempo los diagnósticos y propuestas de Stern y Sti­glitz, ambos ex directores del Banco Mundial -aquél britá­nico y éste estadounidense- para retrasar, más que reme­diar, los funestos efectos del cambio climático. Pero suenan a homilías del predicador que se las da de bueno y avisado, sabiendo a ciencia cierta que sus prédicas van a caer en saco roto. Y digo esto porque ellos, Stiglitz y Stern, cultiva­dores del capitalismo que quieren reformar cuando ya es tarde, señalan disfunciones en la inteligencia global que son a todas luces incurables. Pues disfunciones de la inteli­gen­cia, y peor, del instinto, son las que Stiglitz recoge en su obra: En "el sistema" a) "se prima con subsidios a las indus­trias de gas y el petróleo", b) "algunas empresas celebran que el casquete polar se derrita porque disminuirá los cos­tes de extraer el petróleo existente bajo el océano Artico", c) "Exxon financia a grupos de estudios para minar la con­fianza en la ciencia que se ocupa del calentamiento global, del mismo modo que la industria del tabaco financia investi­gaciones para poner en duda datos estadísticos que mos­trasen la no relación entre tabaco y cáncer"; etc, etc.

Y con esta mentalidad en los núcleos del motor económico capitalista ¿acaso ve Stiglitz algún signo esperanzador de que la condición de quienes dominan el capitalismo, pueda cambiar? Cuando no se ha modificado la política impositiva en este sentido, que desde hace años era ya lo más razo­nable, ¿van a cambiar ahora de golpe y porrazo los gobier­nos y empresas devastadores, los intereses financieros de quienes detentan todo el poderío económico, el político, el financiero, el industrial y el militar, por mucho peligro que vean en el horizonte? En modo alguno.

Los supercerebros científicos, los cerebros economistas, los eticistas y los religiosos dan las recetas: "hay que hacer esto y lo otro, hemos de ser buenos porque si no contra­eremos enfermedades terribles o iremos al infierno; la de­mocracia es la mejor opción porque brilla la libertad y "sólo" en ellas se respetan los derechos humanos. Sed buenos, honestos, y mirad por el bien de todos...

¿Quiere Stiglitz imbuir a los lectores de sus libros de todas esas medidas que propone, cuando los lectores comunes nada pueden hacer, y los destinatarios directos, febriles, es­quizofrénicos, presos de la avidez, de la codicia, de la pato­logía del poseer y poseer, hacen oídos sordos a todo lo que no sea satisfacerse? Porque a quien hay que concienciar precisamente es a ellos, a quienes no leen absolutamente nada y son los que causan los desastres sobre los que los teóricos alertan y acerca de los que Stiglitz propone fórmu­las para evitarlos o aliviarlos...

El estado de cosas en el mundo relacionadas con el cam­bio climático es incompatible con la libertad. Métasenlo en la cabeza esos cerebros lúcidos de la Economía que la conci­ben en clave exclusivamente capitalista y de mercado libre aunque saben también que hasta esto de la libertad en el mercado es falso; que sólo es libre... en lo superfluo.

El espíritu ¿podrá más que el cuerpo? La inteligencia indi­vidual ¿podrá más que el instinto? El amor a los demás ¿podrá más que el amor a sí mismo? La inteligencia colec­tiva ¿podrá más que la que reside en el grupo, en la facción, en la mafia? No. Nada de eso cambiará por las buenas. Cuando se hacen guerras -que no lo son por su asimetría- basadas en mentiras y para robar; cuando los grandes inte­reses se vienen comportando así con la obsesiva intención de conseguir más y más beneficios ciegamente, como "manda el mercado", ¿quién confiará en que los predicado­res religiosos, los eticistas, los juiciosos, los premio Nobel puedan cambiar lo que sólo la iluminación del cielo podría conseguir?

Es lógico que, al igual que yo ahora escribo (aunque en mi caso sin proyección alguna en el concierto de la conciencia colectiva), ellos, los grandes especialistas y superinteligen­tes, sea en ciencia sea en economía, tengan el mismo pro­pósito: escribir, por deber de conciencia y por confiar en que alguien les haga caso. Vana idea. Si la economía y los eco­nomistas pudieran cambiar las cosas del mundo “libre”, ya hubiera copiado todo el mundo la fórmula hace mucho tiempo. Los economistas no hacen más que ensayar y en­sayar de probeta en probeta, de matraz en matraz. Y todo acaba en eso, en mero ensayo. No comprendo cómo se les puede dar premios universales cuando lo que hacen es pro­poner siempre mecanismos que acaban por enriquecer más a los ricos y empobrecer más a los pobres.

Quienes se comportan como lo vienen haciendo en gue­rras, quienes vienen emitiendo sin pausa CO², quienes ce­lebran el derretimiento del casquete polar, etc. son los mis­mos que están dispuestos a desencadenar una guerra aun­que sea mundial, con tal de que no les apabullen los tributos o de que no les retiren los subsidios. Y quienes debieran re­tirárselos, como propone Stiglitz en su libro, son justamente los que les han hecho caso en lo que les convino y luego han ido raudos a arrasar, como Atila, la cuna de la civiliza­ción por un puñado de lentejas con una sarta de mentiras.

He asistido a lo largo de mi vida a casos de quiebras y suspensiones de pagos que se permitían cínicamente mu­chos empresarios con tal de no ceder un solo punto en el alza del salario de sus empleados.... ¿Quién creerá que puedan hacerles caso a estas lumbreras mientras la libertad de los más fuertes sea más sagrada que la biosfera?

Este es el drama humano: que con libertad que secuestran en todos los países unos cuantos, y en uno solo la que pro­voca el desequilibrio del mundo entero, no se puede ni re­formar ni frenar al nivel que Stiglitz propone. De ahí que al­gunos, que sabemos bien que eso es así, apostemos por el puñetazo en la mesa y por el sistema totalitario que no haga concesiones en el manejo de la nave, para salvar al mundo y salvarnos todos. De otro modo no hay nada qué hacer. Las prédicas de estos cerebros formados en la ortodoxia capitalista, tampoco. Son puro divertimento, ediciones y edi­ciones de libros que precisamente sólo leemos quienes no los precisamos.

Nota.- (!Ah, por cierto¡ ¿por qué no se le ha ocurrido a Stiglitz consultar con un economista chino a ver qué piensa sobre cómo salvar al planeta? Aunque no sea un Nobel como él, seguro que tiene buenas ideas en nom­bre de más de mil millones de seres -el doble de la población estadouni­dense- que no es probable que puedan estar de plano equivocados)

13 noviembre 2006

El mundo sobre verdades de papel

Decía Ortega y Gasset que hay verdades que se susten­tan en la discusión y duran sólo el transcurso de ella.

Estas de las que voy a hablar aquí no son dos ficciones, ni dos tesis. Son, como digo, dos verdades, pero dos verdades llamadas a durar lo que dure la lectura. Luego se las llevará el vendaval colectivo-mediático y se evaporarán...

ETA y el terrorismo vasco, Al Qaeda y el terrorismo inter­nacional son dos mentiras gigantescas. La mentira se dis­tingue siempre de la verdad en que la verdad es a menudo complicada de explicar, mientras que la mentira es muy sencilla: suele caber en tres palabras. En esto, en este cuasi principio se basa el libelo, la maledicencia, los chis­mes de comadres y buena parte de la historia del presente, tanto la de este país como la del mundo entero.

¿Que hay terrorismo? ¡Qué duda cabe! Siempre lo hubo. No es un fenómeno del siglo XXI. Lo que es un invento es la intensidad, la persistencia, la onda expansiva psicológica que se percute a su abrigo, las organizaciones superinteli­gentes y estables que se hacen suponer. Pues nada de esto responde a toda la verdad...

La diferencia entre ETA y Al Qaeda es que tras la inten­ción separatista genuina de ETA que se pierde en la noche del tiempo, siguió el invento hasta nuestros días. Es, en cualquier caso un invento hispano. Pero Al Qaeda lo es del ingenio neocons. Que una y otra ficción o verdad a medias matan, también es palmario. El terrorismo es el arma de los débiles. Pero lo que sucede es que si el terrorismo ocasio­nal, ahora, por ejemplo, en Irak, en Palestina, Líbano, Gaza son respuestas a una política devastadora y genocida, las acciones terroristas sobre las que se ha levantado la política nacional española y la norteamericana son aisladas y en absoluto justifican medidas y políticas que las magnifican hasta la náusea para justificar atrocidades y una geopolítica marcadamente colonial a la que a su vez aquéllas respo­den.

Unos cuantos chiflados de buena fe y otros cuantos no tan chiflados por un poco de dinero, pueden sostener el mito y con el mito otros desde los despachos mover montañas. Porque en el río re­vuelto, los pescadores con licencia echan al río muchos ce­bos. Y la pesca, que originariamente fue con caña y gusano, acaba convertida en pesca con red y técnica de arrastre. Y así sucede que, cuando los chiflados no matan por su causa, vienen los sicarios desde las cloa­cas que, por una promesa y unos denarios ponen una mo­chila aquí y una goma dos allá, sin saber siquiera lo que lle­van ni lo que su acción va a provocar. Otras veces fue el pistoletazo de un miserable que nada tenía que ver con "la causa", pero de­jando en el suelo una parabellum acullá pro­ducirá los mis­mos efectos que si hubiera sido disparado por "la causa". Al final ¡qué más da! ¿Quién se va a molestar en desdecirles, en decir: "no hemos sido nosotros, son los fas­cistas del otro lado, los centralistas"? Ni nadie les va a creer, ni nadie quiere creerlo. Y además, burla burlando les puede hasta venir bien a quienes desean separarse del Estado que así se crea. Es difícil calcular si la aprobación o desaproba­ción será eficaz para esos fines. Por eso, al final la dificultad del desmentir hace que se decanten por callar. El caso es que esta situación puede du­rar en el tejido social treinta, cincuenta años o un siglo. Mientras la idea madre dura, los gobiernos que se van sucediendo están atrapados en ella, y sus cloacas no tienen más que mantenerla como las sacer­dotisas mantenían el fuego sagrado de los dioses. Mientras tanto ellos, los políti­cos, sólo tienen que "administrar" social, económica y políticamente el ma­rasmo...

En cuanto al terrorismo internacional, tres cuartos de lo mismo. Pero, naturalmente, con su toque americano de cow boy, gansteril, dillingeriano. Personajes de leyenda tipo pe­ter pan combinados a lo halloween: Bin Laden o el mulá Omar, son suficientes para poner en marcha la ficción y tirar de la historia contemporánea hasta cansarnos. No importa que sean ya muchos los que después de Thierry Meyssan, director de la Réseau Voltaire, y entre americanos, aboga­dos, políticos y periodistas hayan puesto a descubierto que el autor más o menos intelectual, como ahora gusta decir, del 11S, fue la misma administración Bush. Porque como en el caso hispano, ¿quién tendrá la superior fuerza que haga prevalecer su tesis, prácticamente indemostrable a escala universal, sobre la teoría conspirativa nacional en un caso, e internacional en el otro; máxime cuando todos los medios día tras día la refuerzan y rentabilizan con millones de pági­nas impresas y otros millones de horas televisivas? ¿Qué se ganaría con que resplandezca la verdad verdadera si hubiese alguien capaz de desmontar urbi et orbe la sesión de ilusionismo de un tajo? El mundo mediático se vendría abajo. Y no sólo el mediático. El mundo, que ha pasado de una Era a otra a partir de una mentira, se desplomaría con efectos más perniciosos económicos que los que tendría una guerra de verdad. Conviene, pues, seguir creyendo que las cosas son como parecen y no como en el fondo son. La historia, en cualquier caso no es más que una sucesión de conspiraciones victoriosas que prevalecen unas sobre otras. No mucho más. Sólo de los hechos mate­riales, general­mente trágicos, podemos estar convencidos porque los ve­mos. Aunque en ocasiones hasta dudemos de ellos cuando nos los han pasado por la pantalla millones de veces, y hasta pueden seguir ahí las Torres Gemelas y no verlas...

Pero de quiénes sean sus autores jamás se sabrá a cien­cia cierta. Y aunque termine sabiéndose ¿qué más dará? ¿Qué más da saber treinta años después que Kissinger, tras desclasificaciones de la CIA fuese el padre del golpe Pinochet? Se le da el Premio Nobel y se lava con perfume la herida ya cicatrizada...

Hay muchos proverbios y refranes que apuntan a esto, y hay uno bien expresivo castellano: "el que dice ¡al ladrón!, ése es el ladrón"

La cosa es que la bola de nieve se hace cada vez más grande a medida que pasa el tiempo. Y aunque muchos en el mundo y en este país "sabemos" que nada (o muy poco) de lo que se dice sobre sucesos terroristas es verdad salvo el suceso trágico en sí, el mundo seguirá su singladura como si lo que sucede fuese como se relata y los autores fuesen quienes se señala. A fin de cuentas también los griegos antiguos, pese a saber que no existían sus mitos, vivían "como si existieran".

De la ETA auténtica sólo quedan hace mucho tiempo las cenizas. Lo que queda de ella son encapuchados de oca­sión y gestores de la mentira que comparten, todos bien gustosos, con el resto del país.

Al Qaeda y demás son dos artificios rellenados con la far­folla de unos cuantos chalados y de otros cuantos "profesio­nales" del crimen, para mantener el mito hasta donde y cuando haga falta: una mina inagotable que puede durar más de lo debido. O quién sabe si no meses: bastará que los demócratas yanquis vean provecho en delatar a Bush, aunque como im­perialistas que son todos ya estén prepa­rando sus propias insidias, tretas y barbaridades suavizando inicialmente la repulsiva agresividad de los republicanos neocons.

Bueno, ala, ahora volvamos a las verdades oficiales que es desde nos podemos entender y todos los círculos mediá­ticos comunicarse. Limbo donde la sociedad española y el mundo están acostumbrados a desenvolverse y sobre todo a perorar.

Pero dígase lo que se diga, yo afirmo: "eppur si muove".

08 noviembre 2006

Pensamientos mutilados

Discurrir hoy día sobre la realidad -cualquier realidad cer­cana o global- sin tener vivamente presente el inminente futuro; es decir, no tener conciencia de que la Tierra es un planeta moribundo, es haberse hecho ablación de un lóbulo frontal para no deprimirse...

Es cierto. Es sensato no obsesionarse por lo que pueda suceder mañana. Pero una cosa es la obsesión y otra, cuando hay signos tan claros de entropía, expresarse sobre el presente sin tener en cuenta las consecuencias de lo que tratamos hoy en función de las disfunciones que ese futuro inmediato nos habrán de deparar. La planificación econó­mica, por ejemplo, prácticamente nula en el sistema liberal a diferencia del sistema intervencionista, no calcula los efec­tos del cambio climático e ignora el riesgo. Por eso proyecta urbanizaciones en lugares desérticos, grandes consumido­ras de agua; por eso hace cálculos macrofinancieros, planes a largo plazo de todo tipo, de producción y consumo, sin considerar los efectos gravísimos que sobre todo ello se produ­cirá no con probabilidad, sino con seguridad. Sólo se puede reflexio­nar hoy como si el mañana no existiese, si habla­mos en preté­rito, de Historia...

He leído al completo un compendio periodístico titulado "Las ideas que mueven el mundo", con una docena de artí­culos firmados por autores de postín. Y es relativamente cu­rioso -relativamente porque como dijo el emperador Marco Aurelio: "Quien ha visto desde el alba a la noche un día del hombre, los ha visto todos"- que ninguno de los articulistas apenas toque el aspecto crucial del fin no ya de la historia, sino de las fuentes de la vida, de la vida misma que aparece en el horizonte inmediato entre luces pálidas y negras som­bras. Y es que si los españoles se ca­racterizan en general por su despreocupación, por su inclinación a improvisar, los in­telectuales españoles, o los que pasan por tales, son más dile­tantes que capaces de mover el mundo. Veamos esta plé­yade que forma parte de los colaboradores del com­pen­dio periodístico a que me refiero:

Savater, catedrático de Filosofía de la UCM; Antonio Elorza, catedrático de la Historia del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM; Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED; Joaquín Estefanía, ex director de El País; Josep Ramoneda, director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona... Y por fin, Wagensberg, director del Museo de Ciencia CosmoCaixa de Barcelona.

Pues bien, a excepción de éste último, Wagensberg, que en su contexto alude significativamente al “desastre" que asoma -y por eso mismo él constituye la excepción a los efectos que trato de destacar aquí-, los demás desvinculan absolutamente sus tesis de un mañana obviamente oscuro. Como si sus premisas y divagaciones no tuvieran nada que ver con el mañana cuando están tratando, nada menos, que de "ideas que mueven al mundo". Pues si las ideas que mueven al mundo prescinden del futuro a la vuelta de la es­quina, bien porque problematiza el razonamiento a sus pen­sadores o por igno­rancia supina, aviados estamos: no serán las ideas de esos ilustres de las que puedan realmente mo­ver algo, y menos el mundo.

Pueden suceder dos cosas: que lo inhiban deliberada­mente para facilitarse su literatura, o que lo inhiban por in­capacidad manifiesta. Es muy arduo para un intelectual -como lo es para un tabaquista dejar de fumar de repente dos cajetillas diarias- pensar sin los parámetros y ortodoxias que funcionan en ellos como piedras filosofales. Y menos si lo que les preocupa es no pasar por excéntricos o hetero­doxos.

Por ejemplo, Estefanía afirma en su artículo que con la caída de Berlín se "autodestruyó el socialismo real". Esto no tiene que ver con el futuro en cierto modo, pero sí su pro­yección. ¿Qué le autoriza a hacer tan rotunda afirmación cuando el socialismo real sigue (en el caso de China des­arrollándose libremente como estaba previsto) en tres paí­ses, y otros an­dan buscando incluso en él "la solución" que no encuentran, hartos ya, en el neoliberalismo destructor? Amelia Valcárcel vaticina pese a todo que "Nada ni nadie evitará el choque (de civilizaciones) como tampoco asegura la victoria". ¿Llama choque a lo que, si se produce, será el impacto de una locomotora contra un muro de papel? El ar­tículo de Savater es, como siempre, un juego floral. Divaga. No mueve nada ni mueve a nada. Ya tiene bastante con su "Basta". Elorza apunta al error, según él, de la utopía liberal de Fukuyama pero sin aludir al fin de la Historia por este otro lado del desastre humano provocado por él mismo... Y todos así, expresándose en parecidos y relamidos términos. Me refiero a los más conocidos, pero también hay otros artí­culos en el mismo dossier de colabo­radores de segunda fila que, como no podían ser menos, adolecen de lo mismo. Quizá por eso les han dado cancha en el periódico...

Porque ese futuro cercano, que se toca con la mano, está ligado al vuelco del clima: un hecho que ya no es una con­jetura. Y también con la amenaza creciente de la deflagra­ción nuclear. Hechos, uno diagnosticado ya, y el otro proba­ble, que son determinantes de variables profundas de todo género, desde el biológico hasta el económico, pasando por lo social y lo antropológico. En las so­ciedades humanas va a reper­cutir lo suficiente como para ser el hipotético verdadero fin de la historia, y no como lo concibe Fukuyama que ya se declara a sí mismo equivocado. Va a repercutir, para re­examinar si ha fracasado el socialismo real o hay que volver a él, para valorar el sentido de la especulación filosófica, para conjeturar si el predecible choque de civiliza­ciones no será más bien un ata­que desquiciado y gra­tuito, de Estados Unidos, como desquiciadas y gratuitas han sido las dos ocupa­ciones armadas de sendos países asiáticos...

Lo que es indudable es que el mundo no es lo que era en la materia trascendental de su propia supervivencia bioló­gica, no la inorgánica que está a salvo. Planea una heca­tombe atómica como amenaza "razonable". Y no es que lo futurible haya de ser inherente a todo pensamiento explícito y menos asociado al presente, pero las reservas prudentes a que obliga todo pensamiento que se precie, sí es algo que intelectivamente acredita o desacredita al pensador. Y los relacionados al principio, salvo Jorge Wagensberg, son es­cribidores mutilados del espíritu y del seso.

01 noviembre 2006

Sobre el informe Stern

Nicholas Stern, ex economista-jefe del Banco Mundial, en un informe de 700 páginas encargado hace un año por el mi­nistro británico del Tesoro, anuncia el desplome de un 20% de la eco­nomía mundial si no cambia la deriva del clima.

Stern propone cuatro maneras de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero para frenar el calentamiento de la tierra hasta tasas que hagan compatible el crecimiento económico y el respeto al medio ambiente, que costaría un 1% del PIB mundial.

Según el informe los niveles de gases de efecto inverna­dero se situaban en 280 ppm (partes por millón) de CO² antes de la revolución industrial. Ahora se elevan a 430 ppm. Si las emisiones anuales se mantuvieran al ritmo ac­tual, se eleva­rían a 550 ppm en el año 550. Pero si el in­cremento se acele­rara con la misma intensidad con que crece ahora, se podría alcanzar esa cifra en el año 2035.

Si no se tomara ninguna medida para frenar las emisiones, el volumen de gases se triplicaría al final del siglo XXI, pro­vo­cando un aumento global de la temperatura de 5 grados. Hay que tener en cuenta que 5 grados es la diferencia que hay entre la temperatura actual y la de la edad de hielo.

Predice Stern lo que cualquier ignorante pero despierto, puede deducir si esto sigue así: ham­brunas, movimientos mi­gratorios masivos, pérdida de fertili­dad en inmensas exten­siones, falta de agua potable y un largo etcétera que pone los pelos de punta a un ser humano "normal"... Pero lo que no dice, porque el lenguaje común no es de especialistas es: se­ñores, la responsabi­lidad de tantas partículas ppm es de las energías conven­cionales, y de ellas el 90% corresponden a la automoción, al coche parti­cular y a la electricidad. Si quieren vds. so­brevivir, habrán de dejar de fabricar coches de uso pri­vado o reducir drásticamente su fabricación dejando sólo la desti­nada al transporte público, o bien sustituir inmediata­mente el petróleo por el hidrógeno. No, esto no es cosa del eco­nomista. Para eso están los que deben tomar buena nota de lo que dice Stern, aunque podemos apostar que les traerá sin cuidado. Y para explicarlo con el lenguaje de un niño es­tamos los demás...

Y es que los seis mil millones largos de seres humanos "normales", nos encontramos manejados por dirigentes po­líti­cos, económicos, empresariales o industriales "mutantes". Un mutante es un espécimen que piensa y siente de ma­nera di­ferente al común de los mortales. Cada época le confiere un distintivo. Y en la actual, sólo está atento a salir adelante cada día con su grupo político, financiero, indus­trial... sin nin­guna capacidad para dar marcha atrás en nu­merosos as­pectos econó­micos que la biosfera requiere.

La respuesta a las 700 páginas del in­forme de Stern sobre lo que va a ocurrir cabe en una sola: nadie le va a hacer caso. Todo seguirá igual. Para ejecutar las medidas pro­puestas en el informe, sería necesaria una inteligencia extra­ordinaria corporativa que no existe en el mundo occidental, asociada a una sinergia por eso mismo imposible.

A diferencia de los griegos de la antigüedad que vivían pre­ocupados por todo lo con­trario: por el metron, por la me­dida, es decir la contención, y como otros pueblos y personajes se mo­vie­ron por la expansión de la libertad o los Descubrido­res por la funesta evangelización, y así sucesi­vamente... la so­ciedad occidental ha venido obligando a calcularlo todo por la desmesura.

Efectivamente, los meca­nismos que interactúan en las so­cieda­des llamadas "libres" son exclusivamente de or­den eco­nómico y esta­dístico: incentivo, impuesto, tasa. Que nadie espere comprender de otro modo que para que el Arca de Noé no naufrague, hay que despertar a una conciencia nueva global y a una comprensión del mundo dis­tinta en las que el número sea sólo auxiliar. Es­perar que los pueblos dirigentes y sus miem­bros rectores re­nun­cien a esa desmesura base de la economía mundial, al saqueo, al expolio de los recursos es como haber pedido a los griegos antiguos que renunciaran a la so­frosiné durante los siglos que se condujeron por ella, o que los Conquistadores abandonaran sus genocidios...

El marco y las medidas que propone Stern en su informe son económicas. Occidente no puede interpretar de otra ma­nera el mundo. No puede concebir las “necesi­da­des” del pla­neta sino a través de lo económico. Son dema­siadas las ge­nera­ciones que han venido viendo la realidad a través de esa ma­nera de entender el mundo y la vida.

Pero ¿qué dicen a todo esto la antropología, la sociobio­lo­gía y el sentido común?: que nos encontramos en un punto crítico del devenir humano y planetario. Y en seme­jante trance, mientras los demás países al parecer no dicen nada, los británi­cos buscan la esperanza no en una sacu­dida de la in­teligencia natural de la Intelligentsia mundial, sino en los efectos que la Economía y la reacción econó­mica de mentes acostumbradas a contar magnitu­des milmillonarias, puedan producir en toda la sociedad humana. No hay quien, sobre todo si tiene alguna conexión con la alta política y las altas fi­nanzas, sea capaz de razonar de otro modo en el que no esté presente la macroeco­nomía.

Pero resulta que la cosa, por aquí, desde el sentir y pensar virgen del niño, ha de ser de todo punto inútil. Las teorías so­bre la especialización de Herbert Spencer prepararon el te­rreno para el diseño del mundo industrial y postindustrial. Y ahora Stern propone la solución del desastre que se ave­cina, a base de comportamientos economicistas que contra­dicen el propio sentido seguido por la sociedad posindustrial para el despam­panante progreso. Desandar lo an­dado es lo que propone Stern para que la economía mun­dial no se des­plome. Piensa que la amenaza pueda hacer reflexionar a in­dividuo por indivi­duo, a corporación por corpo­ra­ción, a lobby por lobby, a na­ción por nación. Nada más inge­nuo. Y una cosa es expre­sarse como un niño y otra que el niño sea estú­pido... Pre­ocupa­rán, sí, los números, las cuentas; pero los de cada cual, no las glo­bales, no las totales, ni la vida en sentido bioló­gico. Mientras que cada cual, cada emporio, cada fábrica de co­ches pueda seguir adelante hoy, para nada le importará el hundirse mañana, y me­nos si el riesgo está en hun­dirse al mismo tiempo que las de­más.

Cuando generación tras gene­ración ha venido actuando en el mundo "exclusivamente" activada por el beneficio, por el incentivo de la posesión que le ha hecho "prosperar", y el sistema económico lo ha potenciado aún más so pretexto de que la ambición del indi­viduo -refrenada en unos países sólo con la religión y en otros, como la Gran Bretaña, con la Sal­vation Army-, era el principio y el motor del desarrollo, no puede de re­pente dar marcha atrás en el engranaje eco­nó­mico la generación que le correspondería hacer lo que debi­era para salvarse a sí misma. Preferirá que la humanidad se diezme rápida o repentinamente, a claudicar. ¿Perder, de­cre­cer? En la ruleta de la economía po­lítica es sa­bido que to­dos juegan al todo o nada y que los límites se los pone sólamente la mayor potencia mercantil o política o armamentística de otro competidor, pero nada extraño a ellos.

Hablaba hace unos días de la libertad totalitaria, un modo de entender la libertad compatible con la existencia digna e inteli­gente. En un modelo de sociedad en que esa concep­ción es­tuviera arraigada, las medidas a adoptar propuestas por Stern cobrarían cuerpo inmediatamente y el mundo pa­saría a la ac­ción imprescindible para salvar al planeta y a la humani­dad de sí misma. Pero ¿quién, con esta filosofía in­fame de la eficacia, de la productividad conseguida por norma a base de la rapiña y de la maquinación, de la deshonra de la quiebra, del incen­tivo y de la penalidad crematística, del beneficio y de la pérdida corporativos o individuales, de la codicia y el re­freno de la co­di­cia sólo con una moral que -en occidente- en­tre condenar la avaricia y po­tenciarla cada día que pasa más se decanta por alentarla?

Stern cumple con su cometido de informar sobre efectos y soluciones a petición del gobierno británico asustado por lo que se nos viene encima. Pero el vaticinio propio de un faci­lón orá­culo de Delfos dicta lo que desde hace muchos años le viene dic­tando a cualquier cerebro sencillo que no vive dor­mido u obse­sionado por el poseer, más bien por el amonto­nar...

¿Quién puede esperar que alguien sea capaz de detener el motor que a miles y miles de revoluciones ha propulsado hasta ahora el progreso -el material claro está? El aprendiz de brujo aplica el conjuro mientras el Brujo dormita, pero luego no sabe cómo detener los efectos del conjuro. Sólo el Brujo puede hacer que las cosas vuelvan a su ser, a la nor­malidad. Lo terrible entre humanos, es que en los últimas dé­cadas han existido y existen infinitos aprendices de brujo pero no existen Brujos para remediar las torpezas, los fata­les erro­res de cálculo e imprudencias del aprendiz. Por eso es fácil­mente predecible que los dirigentes y magnates del mundo no se moverán ni un solo milímetro de donde están.

No hay mas echar un vistazo solamente a este país, a Es­paña, y nos ilustrará lo que le espera al futuro a la vista. En lugar de haber disminuido la emisión de los gases contami­nantes, como es­taba previsto desde la Unión Europea, en el último lustro han arreciado. La sequía es un hecho. Pues si­guen las can­chas deportivas, las glorietas, los parterres públi­cos tan ver­des como en un paraíso de agua. Desde todos los paí­ses oc­cidentales los pescadores agotan los bancos de pe­ces, se vuelve a la carga contra la ballena, el coche parti­cular sigue en alza, las naciones industriales maldicen si las ventas de esos focos de carbono decrecen, la administra­ción esta­dou­nidense propone la tala de bosques para que no se incen­dien, el Amazonas se arruina por días...

¿Quién creen estos asustadizos repentinos: el economista que se limita a dar el informe y los políticos británicos que hasta ahora no han pensado más que en guerras para ali­mentar las fuentes de CO², que los magnates, los industria­les, los constructores, los madereros, los promotores que han vuelto la espalda a las energías alternativas van a ilu­minarse de repente y a abandonar la rapiña, el saqueo febril de los re­cursos y el patrimonio que pertenece al planeta? En estas condiciones ¿cree Stern y alguien con la cabeza en su sitio que no sea un ingenuo u optimista tan peligroso como ellos, que quienes tienen la terrible responsa­bilidad en este sen­tido, le escucharán y modi­ficarán una mi­cra su comporta­miento avaricioso y filibustero?

La suerte está echada, Mr. Stern. Muchas gracias por sus esfuerzos en 700 páginas. Pero la real solución de lo grave del mundo no está ni en los números, ni en la economía, ni en la política. Está en la sabiduría de la que absolutamente carecen todos los hom­bres y mujeres sobresalientes por sus capacida­des para la repre­sentación teatral al frente de una tecnología que, en­cima, in­ventaron otros que apenas recordamos o no cono­ce­mos.

Lo que le falta al mundo es alguien como aquél que hace cuatro milenios comprendió al ser humano mejor que nadie pero ya no existe. Aquel de la cultura hindú que sentenció: "Cuando haya sido cortado el último fruto, talado el último ár­bol y pescado el último pez, el hombre comprobará con asombro que el dinero no se come". Sólo entonces, cuando ya no habrá solución, todos los que aún sobrevivan estarán dispuestos a hacerle caso...

30 octubre 2006

La pobreza frena a la riqueza

Andrés Ortega Klein dedica hoy su artículo a poner de re­lieve documentadamente hasta qué punto la pobreza frena a la riqueza.

Yo le rogaría que no le dé más vueltas. Estos análisis, de­ntro del patrón democracia liberal, son siempre en círculo y en realidad no aportan nada si de lo que se trata es de en­contrar remedios y no hacer literatura de fenóme­nos antro­pológicos insolubles. Yo, desde luego, no estoy dis­puesto -ya que hoy el mundo cuenta con el arma de Inter­net- a dejar la dialéctica de la desigualdad sólo en ma­nos de los exper­tos que se contentan con denunciar lo que es público y no­torio. Y no estoy dispuesto, porque lo que hacen tales de­nuncias no es más que aplacar la indignación desperdigada. Como la fa­mosa cuestación que hace dos años organizaron cíni­camente paí­ses "interesados" en la reconstrucción de Irak de la que nada más se supo...

La pobreza frena a la riqueza. En efecto. Lo dice hoy el pe­riodista, envuelta la idea en tecnicismos filoeconomicis­tas. Pero siendo eso así, lo es por algo mucho más sencillo que es lo que el academicismo vela. La economía de estu­dio y el pensamiento económico académicos, hacen trizas a me­nudo el sentido común y las entendederas al alcance de to­dos. Tampoco lo voy a dejar pasar...

La pobreza frena a la riqueza, sí. Pero sencillamente, por­que las clases dominantes -que pese a que algunos se em­peñen en lo contrario, no han desaparecido- de cada socie­dad: desde la clase política hasta la religiosa, pasando por la funcionarial y la empresarial, ya tienen lo que necesitan, siempre quieren más y sólo escenifican simulaciones para fingir que están dispuestos a hacer correcciones sociales que en realidad no van a hacer aferrados además a ese modo tan nauseabundo de interpretar la libertad con la lla­mada "ley del embudo"....

Porque ese "querer más", a pesar de la presunta instruc­ción general, ética o religiosa de la mayoría inmensa de sus miembros acomodados, se considera entre esas clases no sólo como legítimo, sino como deseable para "la prosperi­dad del país". No hay más que dejarles hablar... Así "piensa" -si a eso se le puede llamar pensar- por lo menos la mitad de este país, y gran parte de la población de los países más "desarrollados" en proporción decreciente a medida que vamos más hacia el Norte geográfico del globo.

Así se conducen, con arreglo a esta oprobiosa idea y ma­cilento sentimiento, todos los ciudadanos "conservado­res" y buena parte de los que se tienen a sí mismos por "progre­sistas".

La aminoración de las desigualdades cró­nicas que avan­zan como el cáncer en el mundo se ha confiado siempre y demasiado a la religión (caridad) y a la ética (filantropía) como para que no haya trampa. Porque en cuanto a la justi­cia -me refiero a la justicia social- implantada con leyes que encierran en teoría la semilla de una voluntad igualitaria, no sirve para nada o para muy poco a la escala a la que se plantea el asunto. No sirve, no sirven, porque quienes apli­can e interpretan tales leyes son de las clases dominantes. Y quien domina no está dispuesto tampoco a ceder ni un ápice de su dominio, salvo que una doctrina igualitarista im­pere en la psicología de un país.

De poco sirve que unos cuantos sensitivos jueces, unos cuantos severos funcionarios de las administraciones públi­cas apliquen e interpreten las normas sociales, penales y administrativas a favor del más débil, si luego el corpus de la sociedad dominadora barre para adentro y debilita más al hurtador al mismo tiempo que libra virtualmente de la cárcel -con la institución perversa de la fianza- al gran estafador, por ejemplo; si descarga todo el peso de la ley sobre el ig­norante de la ley con la excusa de que su ignorancia no le excusa de su cumplimiento, mientras permite toda clase de argucias leguleyas a los más ricos y más potentes sociales porque en el fondo todos, juzgadores y juzgados, son de la misma laya. Los propios códigos, civil y penal, están de en­trada concebidos para que los ciudadanos con "casa abierta", la burguesía, los patricios, sean los verdaderos di­rectores de la orquesta social.

En efecto, "los efectos de la desigualdad se comen parte de la riqueza de cada pueblo", como dice Ortega. Pero la esperanza en reducir la diferencia entre ricos y pobres tam­poco se puede cifrar en que puesto que la pobreza frena el crecimiento y a la riqueza le conviene para crecer que los pobres decrezcan, la riqueza termine espabilando y de­jando, para cre­cer, espacios que ocupe una menor pobreza. Y no cabe tal ingenua esperanza, porque los comporta­mientos relacionados con la igualdad/desigualdad nada tie­nen que ver con cálculos economicistas puros y natural­mente "inteligentes", próximos a postulados como el de que “el dinero acude donde es más productivo y rentable”. No. Sólo por la índole del indi­viduo aisladamente considerado deben medirse. Y el indivi­duo no ha dejado de ser un mise­rable de la mañana a la no­che desde que vino al mundo. Y más cuando se trata de un rico, aunque por rico hayamos de tener hoy día al que sim­plemente posee un coche en al­quiler y casa propia. Lo de­más le da igual. Aquí y donde­quiera un rico para nada tendrá en cuenta que la pobreza frena el crecimiento propio, menos el colectivo. Es tan mise­rable y tan ruin, que seguirá gozando más de su coche y de sus pertenencias en la misma medida que ve que su vecino no le alcanza. Los ricos, si acaso son más felices como siempre lo fueron: echando los huesos de lo que se atibo­rran, a su perro. Ahí se acaba su generosidad y su visión de la pobreza que frena el crecimiento.

Nada se puede esperar de otro método (salvo que sea el establecimiento de un sistema rigurosamente popular) que, dentro de la legalidad vigente en los países falseadamente democráticos, sea al mismo tiempo correctivo de la riqueza en favor de la pobreza. Lo siento por los doctos, los ilusos, los ilustrados y los periodistas, todos tan sabihondos. La única manera de no pasar la vida atacando inútilmente los efectos perniciosos de la condición humana es cortando de raíz las causas que producen. Empezando por las mismísi­mas libertades formales y democráticas que no sirven más que para que los que más se hacen oír apuntalen más el propio sistema y de paso la desigualdad ominosa que ya no la resisten más que los intelectos corrompidos. Sobre todo en países ricos en recursos expoliados por los pueblos ladro­nes.

Sólo una frappe de force o un golpe de timón que pocos políticos, menos jue­ces y muchos menos periodistas están dispuestos a dar, se­ría capaz de cambiar el mundo. Los demás discursos, por voluntariosos que sean, tienen la quí­mica de la pólvora des­tinada a salvas.

Si los periodistas quieren seguir expresándose en absoluta libertad, tendrán que verse las caras con quienes no lo so­mos pero estamos dispuestos, a diferencia de la mayor parte de ellos, a re­nunciar a una parte de esa libertad con tal de que todo el mundo tuviese acceso a una existencia digna. Y de mo­mento El País no hace otra cosa que arreciar en su crítica contra dirigentes -hoy otro editorial contra el presidente ve­nezolano- que intentan restañar un poco los estropicios causados inveteradamente en su sociedad por las clases dominantes, dejando incólume y a la inercia de su oscure­cimiento a quien, como el principal administrador norteame­ricano, se viene comportando a lo largo de un lus­tro como un depravado mentiroso y un criminal masivo. So­bre él y sobre sus infamias e ignominias ni El País ni los po­líticos muestran la más mínima repulsa ni atisbos de escan­dalizarse. Sí del mandatario venezolano que no le dejan en paz.

De modo que, aunque este artículo de Ortega esté en lí­nea de lo "periodís­ticamente correcto", ahórrese,el esfuerzo, en tanto que co­laborador del soporte periodístico El País, tratando de po­ner de manifiesto sensibilidad contra las des­igualdades y contra el crimen de la que, como el espíritu de toda la prensa dominante, en absoluto carece.

Es hora, ya, de en­tonar el mea culpa dejando asentado que en la sociedad no hay más que, como siempre fue, de­predadores y depredados; que más o menos siempre son los mismos aunque algunos dominados vayan pasando en los países occidentales a las filas de los dominadores y luego si a mano viene éstos sean los peores, es decir, los más acérrimos enemigos de la igualdad... Pues aquí estriba la más ponzoñosa perversión del sistema: en ir haciendo fascistoidamente "jefes" y "jefecillos" a los más ruines, que luego se encargarán de reforzarlo. Y entre el universo pe­riodístico valdría la pena hacer un recuento de periodistas que han asumido ese repulsivo papel.

Como ya me conozco el percal, a más de uno le parecerá todo esto desmesurado. No lo es. La desmesura es la cró­nica. Lo odioso es convivir con una enfermedad social ino­culada principalmente por los medios oficialistas que luego, con aparente sensibilidad, se dedican a aplicar los consi­guientes sinapismos y fomentos para hacérnosla más so­portable: maquiavelismo en estado puro.

29 octubre 2006

Un periodismo sin periodistas

Tal como van las cosas graves del mundo y en cada país, en las que el periodismo viene a ser unas veces cómplice de lo que debiera perseguir y otras convi­dado de piedra, es en Inter­net donde está la oportu­nidad de hacer los máximos es­fuerzos para potenciar un pe­riodismo sin pe­riodistas.

En el firmamento mediático, lo que sabemos de los asun­tos de toda laya es lo que en rueda de prensa propalan los porta­voces de los gobiernos, de los partidos, de las institu­ciones, de las policías... Hay muchos más periodistas al servicio de quie­nes generan información, que periodistas buscando in­forma­ción. Las agencias de noticias a su vez hacen lo mismo: repro­ducir la facilitada por los poderes ofi­ciales. Así es que ¿cómo no afirmar que el pe­riodismo, su­puesto cuarto poder que acaba siéndolo pero aliado a otros, no opera como caja de re­sonancia de lo que a los po­deres del mundo inter­esa? ¿Cuántos watergates se investi­gan desde el periodismo obli­gado a funciones poli­ciaco-po­líticas que ni asume ni ejerce?

Lo cierto es que últimamente en España, algunos periodis­tas y rotati­vos parecen estar animándose a la persecución de asuntos espi­nosos, como la corrupción urbanística, por ejem­plo; después de tres años de dedicarse otros colegas a la lo­cali­zación de mochilas y pol­vos de talco en este mismo país, aunque en este caso dirigido el esfuerzo a reponer en el po­der central al partido de la oposi­ción. Parece que a la sos­pe­chosa­mente ética misión del pa­parazzi y del periodismo de las coma­dres, empieza a su­marse tí­mida­mente el periodismo investiga­dor. Y ése es el camino.

Si la prensa y los medios empiezan a des­marcarse de los po­deres de hecho y de derecho que bas­tante tienen con sus propios recursos, el periodismo empe­zaría a recobrar la cre­dibilidad grave y paulatinamente per­dida a lo largo de su his­toria. ¿Cómo? Ope­rando con absoluta autonomía; de­jando a un lado el contubernio con parti­dos y poderes a menudo ma­fiosos aunque lleven la vitola de solemnidad; satisfaciendo las expectativas del pueblo siempre halagado en sus debili­dades como habitante de un cutre patio de vecinos, pero me­nospre­ciado a la hora de darle co­nocimiento veraz de los hechos más graves.

Lo que hizo el periodismo estadounidense respecto a las barbaridades cantadas y antes de cometerlas Bush, y lo que hizo y hace el periodismo español, tanto con ocasión del 11-M transmitiendo El País como “noticia” en primera plana la auto­ría de ETA del atentado de Atocha por una llamada tele­fónica al periódico del presidente Aznar, como luego por­fiando El Mundo hasta la náusea a favor de ese partido ma­fioso en el asunto de las elecciones generales perdidas, está empa­pado de una indecencia difícil de superar. Y, por otro lado y para colmo, aparte de ser los periódicos simples re­productores de las notas que les pasan, cada vez son más frecuentes las conferencias de prensa sin pregun­tas con el fin de no verse en aprie­tos quien las convoca.

Mientras los periódicos y los medios no en­cuentran su sitio y no cumplan con el cometido que se les su­pone, Internet debe ser el lugar donde debe hacerse pe­rio­dismo sin perio­distas. Y si quieren ellos participar, a la hora de competir em­piecen por olvidarse del título colgado de la pared de su casa, que empieza a desacreditarles aun­que personal­mente no tengan la culpa del nausea­bundo y pan­zista perio­dismo que vienen haciendo gran parte de sus cole­gas y algu­nos de sus antiguos profesores; todos hábiles en hacerse pasar por im­parciales, pero imprescindi­bles auxi­liares de los poderes fác­ticos e institucio­nales.

Sólo sé de un país donde los medios oficialistas están co­ntra el poder constituído: Venezuela. En los de­más, los me­dios son el mismísimo Poder, enemigo del pue­blo.


28 octubre 2006

Un país amoral


Lo que ocurre en España en relación a la llamada corrup­ción urbanística no es más que un síntoma muy acusado de una enfermedad social sin cura hasta que pase mucho tiempo.

Llamamos amoral a aquella persona o grupo que no co­noce o carece, personal o colectivamente, de normas de conducta razonablemente aceptadas. Llamamos inmoral a aquella per­sona o grupo que va en contra y eventualmente saca prove­cho de las normas morales dimanantes de la costumbre sin incurrir necesaria­mente en delito.

En los tiempos actuales España es más amoral que inmo­ral. No es tanto inmoral como amoral, porque la moral tradicional está periclitada. Por decir así, está "supe­rada". Por decir de otro modo, sencillamente ya no existe... Por eso la tengo por amoral. Las normas morales ya no las dictan los clé­rigos, que en conjunto tampoco las tienen. Los periodistas in­tentan suplir su función, pero no calan senci­lla­mente porque no existe moral laica, ni ética que no estén preñadas de retales de decálogo mosaico y de virtudes car­di­nales. Y como ambos, decálogo y virtudes, han entrado en barrena, no hay ma­nera de recompo­ner una moral porque entre otras cosas la nueva moral nece­sita de mucho más tiempo del que dispone este país y esta genera­ción...

El tránsito de la dictadura a la democracia le ha sentado muy mal en este aspecto. Políticamente, como es lógico, lo ha ga­nado todo. Teóricamente no hay restricciones a la li­bertad de expresión, a la libertad de reunión, y se supone hay respeto por los Derechos Fundamentales del hombre. Teó­ricamente ha irrumpido la igualdad de sexos, de clases y de categorías per­sonales, teóricamente (todo teóricamente) desapa­reci­das és­tas para fundirse en dos cla­ses únicas y natu­ral­mente contra­puestas: la plutocracia o dominio del dinero, y la populocracia o dominio de la medio­cridad o espíritu del montón.

España, pues, convencionalmente, como digo, lo ganó todo en política en el año 78 con su flamante Constitución, con su flamante monarquía que la confería teórica estabili­dad, con su flamante sistema económico de mercado abso­lutamente libre en todo producto superfluo pero férreamente intervenido en los pro­ductos básicos entre los que luce, cómo no, la energía.

Ahora bien, en el aspecto estrictamente psicosocial y so­cial estricto, en el me­dioambiental, en el engranaje general que im­plica una inter­relación de aquellas clases desapare­cidas ofi­cialmente pero preexistentes de manera larvada, la tensión ha ido en au­mento. Y no sólo en esa cuestión, tam­bién entre la clase política. Con la desaparición del Centro político des­apa­reció también la calma y el regusto encon­trado años an­tes en la extinción de la dictadura y con la muerte del dicta­dor. Desde entonces todo ha sido un in crescendo hacia la des­composi­ción. Un crescendo intensifi­cado por la bipolari­dad del mundo a raíz de las intervencio­nes militares en Afga­nistán e Irak, y el desafiante remedo de política de los admi­nistradores neocons que ha dividido al pla­neta sin apenas, ya, posibilidad de cos­tura. Un cres­cendo en rivalidad a cuya som­bra y paulati­na­mente los ad­versarios po­líticos se han conver­tido en enemigos políticos; las partes del sistema productivo, capital y trabajo, nueva­mente en domina­dores y dominados; la reli­gión domi­nante o que al menos lo fue hasta la desaparición de la dicta­dura, en enemiga decla­rada de los políticos pro­gre­sistas más que de la gran política: la que piensa en “todos”, en el bien co­mún. Los propios re­presentantes de la reli­gión vati­cana han pasado de profesar y predicar el amor cristiano, al amor virtual a más que a la co­munión de los santos al par­tido al que perte­necen ideológica­mente... Los padres y madres, acogidos am­bos a la autono­mía de la voluntad que les con­fieren las leyes; la mujer y ma­dre, reivindicando milenios de sometimiento al macho; el ma­cho, retrocediendo acomple­jado o ejerciendo de tal... campan por sus respetos sin a duras penas mirar a las consecuencias que sus an­danzas tienen sobre la prole. Los enseñantes no saben qué hacer: si no educar por­que en­tien­den que la edu­ca­ción corresponde a los padres, o educar, pues si los padres no educan a sus alum­nos, mal les podrán en­señar. Pero los padres no pue­den ocu­parse de educar a los hijos, por­que ni tienen tiempo ni tie­nen ganas; pues educar exige tensión y paciencia, y ellos bastante tienen con trabajar o con buscar el trabajo. Y en el caso afortunado de tenerlo, bas­tante tienen con atender a la hipoteca vir­tualmente vitalicia y a la carga moral consiguiente que les pone en ma­nos de bancos y prestamistas. El alumnado no sabe tam­poco qué hacer. Pero sus dudas se di­sipan ense­guida: el niño, el adoles­cente, el jo­ven, sin dirección, salvo ex­cep­cio­nes, ve el cielo abierto cuando sin miedo al cas­tigo, con poco racio­cinio aún y menos responsabilidad advierte que puede ejercer él también su li­bertad sin límites y además im­pune­mente. La sociedad esta­dounidense y los caminos que si­gue, les da a to­dos ellos la referen­cia aunque no la co­nozcan. El cine se los enseña...

Ha llegado a la sociedad española lo que en sociología se denomina anomia que, en el terreno psicosocial coincide con lo que da título a estas reflexiones: la España amoral. Una Es­paña sin nor­mas que a la fuerza ha de conformarse con el mí­nimum del mínimo moral: el Código Penal.

El Código Penal, un instrumento por su parte ideado por las clases do­mi­nantes para reforzar su dominio. Un resorte gracias al cual un ratero reincidente puede pasarse su vida en la cár­cel y un re­domado estafador, ladrón social, de caudales pú­blicos o de te­rrenos comprados a ínfimo precio luego multi­plicado por ci­fras exponenciales, puede conver­tirse en un magnate al que se le abren las puertas de par­lamentos, de centros de inteli­gencia o de círculos mediáti­cos aunque haya pasado unos meses en la cárcel de la que sale con la abyecta institución de la fianza. Otros pueden ser hasta protegidos y ensalzados por los mur­dock y simila­res aunque destinen todas sus energías en des­acreditar a su propio país.

La prensa... ¡Qué decir de la prensa en la que al salir de la dictadura confió el pueblo que habría de representarle! La Prensa -se ha ido viendo después- está del lado del pode­roso, del capital, de la banca, de las poli­cías, de los instru­mentos fi­nancieros, publicitarios y de muchas maneras represores. La Prensa, los medios en general, no tratan de proteger al pueblo, siempre de una u otra manera zarandeado. La Prensa y los medios hacen, como los políticos, del pueblo un sujeto y tam­bién ob­jeto de consumo. Del pueblo es lo único que les inter­esa. En estas condiciones, donde el magma de un volcán dis­cu­rre por las laderas de una montaña en erupción ¿quién se atreve a ti­rar la primera piedra a los miles de corruptos en ma­teria ur­banística, cuando políti­cos, alcaldes, arquitectos, nota­rios, profesionales de toda laya han creado el caldo de cultivo y contribuyen al marasmo gene­ral de una España avanzada, como Estados Unidos, en tec­nología pero que vuelve poco a poco a la caverna en lo huma­nístico?

Todo esto es lo que se lleva hoy en España, lo que confi­gura a la España que más allá de los muchos juiciosos, los muchos honestos, los muchos inteligentes, los muchos sen­si­tivos que están al otro lado del velador, sobresale por en­cima de los paí­ses ordenados y que saben dónde les aprieta el za­pato. Paí­ses que saben cómo deben compor­tarse en materia de moral, en materia de religión, en materia política, en mate­ria econó­mica, en el respeto a los demás... si bien –hay que decirlo también- todas ellas forman parte parte de un moni­podio, es decir un grupo gansteril al servi­cio de los más pu­dientes y tam­bién de los más depredado­res. La diferencia es que esos paí­ses a que me refiero de la Vieja Europa lo hacen todo con or­den y concierto, con una moral reciclada, que es lo que a esta Es­paña amoral le falta.

¿Cuál es la salida a este desorden de cosas? Sólo la pa­cien­cia. Sólo cuando en todo el país se asienten las costum­bres nuevas y habida cuenta que las leyes no crean cos­tum­bre sino que más bien van contra ellas, y calen en cada comu­nidad, re­gión o nación podrán las generaciones futuras respi­rar un poco más de tran­quilidad en un mundo social de formas.

24 octubre 2006

Contra la riqueza

Fijémonos cómo y hasta qué punto el sistema se las inge­nia para apuntalarse a sí mismo, que hasta los que se su­pone profesan un pensamiento progresista y delicado hacia los demás haciendo llamamientos para aliviar la pobreza, colaboran con él...

Hace unos días se convocó por no sé quién una mani­fes­tación callejera con el lema "Contra la pobreza". Sólo les faltó añadir: "...y contra los pobres".

He dicho hasta la saciedad que si este modelo de socie­dad se caracteriza por algo, no es por sus virtudes de­mo­cráticas que están desvirtuadas prácticamente en todo lo que se toque. Este modelo se distingue porque los analistas y críticos más furibundos: políticos, intelectua­loides, perio­distas y clérigos prin­cipalmente sensibilizados frente a las desigualdades sociales, acostumbran a arre­meter contra los efectos perniciosos de los me­canismos y entresijos del sis­tema pero con buen cuidado de no to­car ni un pelo de las causas.

Lo que pasa en Francia -el llamado vandalismo callejero que re­cidiva periódicamente- es un síntoma de la gravísima enfermedad enquistada en el modelo socioeconómico.

Porque la consigna para atajar los abusos del sistema que pide a gritos la realidad, debiera ser: "¡Contra la riqueza!"; ¡contra los magnates!.

Todos sabemos que nadie puede enriquecerse con honra­dez, y que quien hereda la riqueza no podría mantenerla con transparen­cia tributaria. El sistema, en teoría, evita los excesos del capita­lismo por vía de la fiscalidad. Los meca­nismos impositivos por definición impiden que alguien se haga desmesuradamente rico, pues se supone que es a costa de la colectividad. Puede el modelo castigar a los transguesores, pero luego la benevolen­cia del otro poder, el judicial, permite que los ladrones de la for­tuna pillados in fraganti, a cambio de un tiempo casi simbólico en la cárcel recobren el producto de su rapiña.

En todo caso la brecha entre ricos y pobres se hace más insoportable.

¡Déjense de simulaciones y de dramatismo barato quienes se preocupan tanto de la pobreza y de los pobres! ¡Métanse en la ca­beza que no puede dejar de haber pobres, mientras el modelo no haga de la acumulación de la riqueza un delito gravísimo, y luego, mientras que las partes más sensibles de la sociedad fuera de las instituciones sigan siendo cola­boracionistas conscientes o inconscientes de los que ama­san la riqueza a costa siempre de los pobres.

Estos miramientos por los menesterosos con manifesta­ciones y publicidad en los periódicos que cuesta mucho di­nero, no pasan de ser juegos florales y bambalinas que no hacen más que contri­buir al sostenimiento de un sistema sociopolítico manifiesta y sos­tenidamente injusto.

Repito, si hay verdadera voluntad de remediar algo de semejante lacra social reconocida por el mundo entero, la consigna es: ¡Contra la riqueza personal!, y si se quiere arreciar en la pro­testa: ¡contra los ricos!. Lo demás no son más que fuegos de artificio para el jolgorio general.

20 octubre 2006

La libertad totalitaria

O por qué el mundo está clamando por un totalitarismo "inteligente". Dos ejemplos de escasa repercusión mediá­tica:

Uno. Par un día de estos está convocada una manifes­ta­ción bajo el lema "Rebélate contra la pobreza". ¿No vemos que, bajo la apariencia de una exquisita sensibilidad por parte de los convocantes, sigue pertene­ciendo a la insufrible farsa de siempre? Siem­pre co­ntra los efectos, no contra las causas. La manifesta­ción debi­era mantenerse, pero el lema debiera ser bien otro: "Rebélate contra los ricos". Pero no sé por qué me sospecho que mientras la obra del pésimo teatrillo demo­crático siga representándose, la ma­nifestación con este úl­timo lema nunca se convocará.

Otro. El caso del oso que en la provincia rusa de Vologda le prepararon para su fácil caza al rey Juan Carlos el pa­sado mes de agosto. Un oso que era mantenido en un cen­tro turís­tico del pueblo de Novlens, fue convertido en diver­sión para el hijodalgo español...

Sirva lo anterior de introducción para la si­guiente reflexión:

Ya sé que todo esto que voy a exponer y proponer es im­popular aun dentro del pensamiento más comprensivo y li­bertario, pues el totalitarismo parece negar la libertad cuando no es así.

Porque la libertad totalitaria implica un alto grado de res­ponsabilidad del ciudadano. Las leyes son irrelevantes o refe­rentes. Mínimamente represivas en aspectos que no sir­van al motor y fundamento del sistema. Como en el sistema libre en el que son absolutamente permisivas en todo cuanto se re­fiere a Economía y represoras en todo lo de­más...

Aunque hay varias, voy a exponer la principal razón en fa­vor del sistema totalitario. El sistema totalitario niega, sí, la li­bertad -como la niega y persigue todo lo que le estorba el sistema de mercado-, pero en todos los asuntos que perju­di­can gravemente a la colectividad y hoy día en que la biosfera tanto peligra, los que atentan contra ella.

El sistema totalitario invierte los valores respecto al lla­mado “libre”. Pues el planeta se está jugando el futuro in­mediato en el que estamos nosotros, y el lejano al que se di­rigen nues­tros nietos. La libertad, mentirosa y manipulada, tal como la interpreta el modelo democrático al uso, no puede ser ya el fundamento de la vida en el planeta, de la "buena vida" que en su mayor parte se sostiene sobre la mi­seria ajena de in­mensas mayorías repartidas por el mundo y del perjuicio irre­parable que ello causa sobre la biosfera, la estratosfera y el agujero de ozono cada vez más reducido y menos profundo.

Hay demasiadas cosas en juego como para permitirnos mi­rar a otro lado como si no pasase nada. Me refiero al mundo entero. Pero veamos ahora lo que ocurre por "aquí" y hágase luego extensivo a lo que sucede en los demás países "libres" y en especial los libres pero intervenidos y explotados por los libres convertidos en potencias...

Por ejemplo, 12.800 construcciones ilegales en España en sólo 18 meses. Multiplíquese por los 30 años de democracia que llevamos -a lo largo de los que nada se ha denunciado públicamente porque sólo se enciende la alarma cuando ya no hay remedio: cuando hacen acto de presencia datos, ca­sos y cifras escandalosas-, y tendremos ese 40% de suelo peninsular irremisiblemente enladrillado. Además innecesa­riamente, pues la carencia de viviendas al alcance del ciu­da­dano medio es cada vez más insultante. Todos esos centena­res de miles de construcciones ilegales son de lujo, una parte, y el resto destinado a especuladores cómplices de constructores, arquitectos, alcaldes, ediles y urbanistas.

Pero multiplíquense también esas cifras de la construcción salvaje -que no palía siquiera el problema de la vivienda- por las que causan los estragos de industrias contaminantes de ríos, lagos, lagunas. Multiplíquense luego por las partí­culas de CO² de la automoción, por el saqueo pesquero de los ma­res, por el expolio maderero de selvas y bosques, y tendre­mos la resultante de un planeta agónico. Todo bajo la com­placencia de los dirigentes occidentales que cada cua­tro u ocho años se van sucediendo en sus respectivos paí­ses, sin responsabilidad ni remordimientos....

¿De dónde proviene esta patética situación, este drama? Pues de la libertad de mercado que al individuo medio le so­bra en la insignificancia y le falta para rebelarse frente a los abusos sociales pues su eventual rebelión topará con las cargas policiales, torturado en cuartelillos, acabará en la cár­cel o con misteriosos ajustes de cuentas. La libertad tan exa­geradamente exaltada en este medio social no la nece­sitan en realidad los ciudadanos del montón que también son los ciudadanos "de bien". Pero a cambio es en ella donde se amparan los grupos empresariales y financieros para enri­quecerse escudándose en que dan empleo (fugaz y salarios miserables) y arruinar eco­sistemas. Y todo ¿en nombre de qué?: en el de la libertad democrática y de mer­cado.

Las leyes protectoras del medio ambiente y del interés so­cial, en estas repulsivas democracias demoliberales no sir­ven para nada. Eso de que "el que hace la ley hace la trampa" es de siempre. Pero en la última década las leyes que simulan prote­ger la Naturaleza son además de­corativas. La paradoja de la tortuga y Aquiles... Las leyes y su en la práctica inane aplica­ción, van muy por detrás de las constantes burlas, frau­des y transgresiones. Hay que espe­rar a que algún juez y fis­cal ais­lados -de aquí o de la Corte Suprema ultraconserva­dora esta­dounidense- se decidan a dar algunos escarmientos que tam­poco llevan la sangre al río. La libertad, burda farsa salvo para quienes se lucran a costa de ella, es incluso para los jueces que también velan por el sistema más valiosa que cualquier argumento de protección a las clases sociales me­nos favoreci­das y a la Naturaleza. Si esas leyes fueran aplica­das con rigor, no habría cárceles bastantes para encerrar a tanto facineroso con cartera de ejecutivo o cartapacio de con­cejal, propieta­rios de chalets de superlujo y cuatro mercedes a la puerta...

Pero esto no es sólo cosa de aquí, de este maravilloso trozo del continente europeo que están calcinando parte de sus habitantes -los que se dicen precisamente patriotas-, además de la erosión del suelo y las sequías. Esto sucede a mayor o menor escala en otros continentes: en Norteamé­rica, en las selvas brasileñas, colombianas, ecuatorianas, peruanas, in­donésicas... Y todo en nombre de la libertad de mercado y de la libertad, para destrozar la juguetería de un mundo creado por Dios o de milagro. Y todo bajo el avis­pado lema: "los que vengan después, que apenquen con las consecuencias de nuestros dislates..."

¿Esto es inteligencia? ¿A esto le podemos llamar inteli­gen­cia humana? ¿Es inteligencia remediar una enfermedad al tiempo que se provoca otra incurable? ¿Es inteligencia in­ventar el coche, el cine, el avión, la lavadora, la televisión; esto es, procurarse el ser humano, para disfrute de una parte, comodidad, diversión fácil y aturdimiento sin fondo pero tam­bién sin retener la más mínima sensibilidad ni sa­ber adminis­trar el huerto de la humanidad?

Semejante comportamiento necio estaría justificado si fué­ramos nosotros -esta generación- la última de la historia. Pero vienen nuestros descendientes detrás, y no hay dere­cho a despilfarrar su vida antes de disfrutarla y de que ellos lle­guen. Y es norma que haya que buscar entre los más mi­se­rables depredadores los que están en contra del aborto y de la eutanasia...

En resumidas cuentas, si el mundo quiere conservarse, aun maltrecho ya, sólo un régimen que cercene drástica­mente la libertad de los miserables proxenetas que la pros­tituyen -y además dentro de un sistema férreo contra los ricos y la riqueza individual- podría sal­varlo.

Porque téngase muy en cuenta esto: los que amamos ver­daderamente la libertad propia y ajena, los que nos tenemos por libertarios, anarquistas, comunistas, colectivistas o marxistas... la amamos tanto, que jamás abusamos de ella. Y menos en perjuicio de la colectividad.

Desde luego lo que está muy claro es que con buenos pro­pósitos para atender a las clases desfavorecidas y para res­petar el medio ambiente, no se consigue nada. Y ade­más ya es tarde.

Hasta que esa libertad en un régimen totalitario no reine, di­gamos que en España -lo que son las cosas- la Guardia Civil -pese a los excesos en coyunturas puntuales que te­nemos en la cabeza- con sus miles de denuncias por cons­trucciones ilegales, puede ser la institución que salve a este país de la sangría medioambiental. Sólo necesita la colabo­ración re­suelta de jueces -como el de Marbella- y de fiscales que per­sigan sañudamente esos delitos que no cesan.

El mundo en cualquier caso no puede seguir así. No puede seguir en manos de unos cuantos que en nombre de la liber­tad no hacen más que cometer barbaridades, mientras al re­sto nos dejan las migajas de libertad que sólo podemos dige­rir en Internet.

El mundo precisa cuanto antes de una dictadura universal anunciada por Oswald Spengler, que persiga justamente a los que ahora nos persiguen. Una dictadura asociada a la In­teligencia con mayúsculas. El sistema que rige no está com­puesto más que de infinitas y cansinas paparruchas...

Otro ejemplo cercano: véase cómo, después de tres años, siguen todos los medios y los periodistas el juego de la im­pugnación de las elecciones generales españolas de 2004. Unos deslegitimándolas, pretendiendo anular millones de in­vestigaciones oficiales, con la supuesta y ridícula aparición de una mochila o de un no menos ridículo bote de ácido bó­rico. Pero los otros, prestándoles una atención que sólo se explica si, casi pasado un lustro, todos están a gusto ju­gando al juego de los disparates y no afrontando debates democráti­cos e inteligentes. Y ¿por qué sucede eso?, pues porque sotto voce y en el fondo, están todos de acuerdo...

Soledad Gallego-Díaz pone el dedo en la llaga aunque ella sea otro/a periodista más, a gusto con este sistema de falsa libertad. Habla de simulacro de debates políticos que en Es­paña, a diferencia de Francia donde incluso Sarkozy se ha enfrentado a Le Pen pese a que ni siquiera el líder de la ex­trema derecha no tenía siquiera representación parla­mentaria (compárese con lo que ocurre a propósito de Bata­suna aquí), no existen y están reemplazados por "frases cortas, ideas simples, machaconamente repetidas". Y sobre todo por el debate de una docena de periodistas que expo­nen lo que ellos piensan que piensan los políticos.

No hay en esto sólo el simulacro. El simulacro, ya que lo obvia la articulista, está en toda la democracia y en todo el sistema. Lo que ocurre es que en unos países se domina mejor la escenificación y el teatro político y en otros como el nuestro es todo chapucero y tosco. Pero el simulacro es lo que está exigiendo -que es la tesis de este escrito- la sustitu­ción de la democracia simulada por una democracia totalitaria y di­rigida. ¿Cómo se come esto? La solución práctica exige otra re­flexión que va mucho más allá del propósito de este artí­culo. De momento sólo decir que sobre el papel ya se sabe que no es fácil, pero si se quiere detener el rodar del mundo hacia el abismo, no hay otro remedio.
Bien. Pues quien no esté conforme, que haga su pro­puesta alternativa. Pero que no sea el placebo consabido y fatigante de arremeter contra los efectos perniciosos de este estado de cosas, dejando incólumes las causas. Pues esa infame "solu­ción", porque no lo es, es justamente la triquiñuela sobre la que des­cansa confortablemente este sistema abominable.

18 octubre 2006

Un mundo partido en dos

El papa Borgia, Alejandro VI, famoso por su vida licenciosa y corrupta, que en 1498 ordenó la ejecución del reformador de la Iglesia, el florentino Girolamo Savonarola, marcó en 1493 la denomi­nada línea de de­marcación que establecía la partición del Nuevo Mundo, su evangelización y conquista entre España y Portugal. Se trataba de una frontera imagi­naria que discu­rría de norte a sur a unas 100 leguas al oeste de las islas Azores y de las islas de Cabo Verde; to­dos los territorios al este de esta línea pertenecerían a Por­tugal, mientras que los que quedaban al oeste serían pose­siones españolas.

A partir de entonces el mundo ha estado dividido por unas u otras razones sin que ningún papa ni rey volviera a esta­ble­cer líneas de demarcación. Ha estado dividido por la fuerza militar y en función de ella. Pero nunca hubo nada, aparte la fuerza, que justificase la división. El telón de acero fue la última universal, a gran escala. Pero siempre hubo una división que no es convencional sino material. No entre comu­nistas y no comunistas, ni siquiera entre terroristas y no te­rro­ristas. Me refiero a esa división fatal entre pobres y ricos...

En efecto, el mundo está dividido, como siempre pero ahora ya fron­talmente, entre ricos por un lado y los que no lo son por el otro. Al fondo del cuadro social están los eterna y abso­luta­mente miserables, que ni llegan a fin de mes ni pueden em­pezarlo.

Hablo de un fenómeno presente en el mundo entero. Y del mundo entero tomado como la casa de todos, en tiem­pos en que las unidades de medida de las cosas que han regido si­glos y los valores morales aplicados a la política y a todo, han dado un vuelco. Ocurre en tiempos en que el planeta ha terminado siendo un prostíbulo sin alegría donde la perver­sión de la razón natural ha tomado carta de naturaleza. Véase si no cómo se agrieta el pensamiento común, al final el sentido común, y cómo retuercen los ar­gumentos más simples con todo descaro los dirigentes punteros del pla­neta... El planeta: un lugar vilmente degra­dado, que ha de­jado de ofrecer refugios hermosos para las almas margina­das que al menos podían encontrar solaz en ellos, pues ya no queda rincón de él que no presente el es­tigma de la ex­tinción. Parece que sólo quedasen ángeles desperdigados que cumplen el triste papel de testigos de excepción de cada acontecer...

El mundo está dividido. En efecto. Siempre lo estuvo con otras apariencias. Pero si en otro tiempo la fuerza bruta no precisaba explicarse: se descargaba y punto; si luego la in­noble nobleza justificaba esa misma fuerza bruta por pasa­das hazañas sangrientas de los que la ostentaban o de sus antepasados; si más tarde la fuerza militar se escudaba en la religión y en la clase eclesial, hoy ya no es posible sin ser un mentecato o un loco justificarla con apoyaturas que no sea la mentira y la tergiversación por norma. Y el pueblo ya no admite tapujos ni clasificaciones sociales que resistan el análisis para justi­ficar la división. Ya no hay ni siquiera un Dios que lo expli­que, ni voceros suyos. Sólo esos inmundos dirigentes que le invocan farisaicamente. Hay, lo que digo al principio: ricos opulentos, por un lado, y ejércitos de resig­nados o de gus­tosos por servirles, por otro.

Este mundo en dos ya no tiene disimulo aunque tratan los dominadores de que no se note. Y lo intentan de diversas maneras. Pero hay una que abstrae a todas las demás, y se manifiesta en cada coyuntura electoral. En el fondo ésta es la prueba confirmatoria de la división del mundo en ese mal contado fifty & fifty. Sea en Estados Unidos, en Boli­via, en México, en España, ahora en Ecuador... es evidente que la sociedad está dividida en dos partes muy "ajustadas" y sólo por descuidos de la derecha de los ricos, gana la iz­quierda, la cual es sometida inmediatamente a atosigante presión. Frases como "el reto es un régimen de justicia y prosperidad para todos que sepa enfrentarse a los gigan­tescos problemas que son, según los países, la inmigración o el narcotráfico, la pobreza, la violencia, la enajenación ur­bana y la del trabajo" y variantes aparecen todos los días en artículos, conferencias y libros de intelectuales, políticos, editoriales, articulistas, analistas, catedráticos de derechas y de izquierdas, conservadores y progresistas. Inútilmente. Pues año tras año todos asistimos al espectáculo de cada vez menos justicia social, cada vez más violencia, cada vez más ancho el abismo entre pobres y ricos. Nada cambia sino a peor. Por eso hace unos días, lamentándolo mucho porque nunca le había encontrado fisuras, arremetía yo co­ntra Vidal-Beneyto quien aconsejaba el aprendizaje de la democracia a México después de recono­cer que la demo­cracia neoliberal es una piltrafa; pensaba en Ernesto Kreuze, un intelectual mexicano sospechoso, e ig­noraba a Carlos Fuentes, un intelectual comprometido con la razón, la justicia y la pobreza...

Ya lo he escrito en otras ocasiones. Carece de toda lógica no ya que ganen por defecto partidos políticos que encarnan la dureza de alma, el abuso, la opresión y el privilegio de minorías frente a partidos más tolerantes y sensibles a las discriminaciones, sino que la sociedad se engaña a sí mismo fingiendo siempre un falso equilibrio decimal entre votantes. Demasiado sospechoso, grosso modo, cada evento electoralista en cada país como para ser creíble sin irregularidades y trampas...

Ecuador caerá en manos de otro facineroso opulento, cómplice del omnímodo poder estadounidense. El magnate Alvaro Noboa va a ser el nuevo socio de la derecha apabu­llante, dominadora, depredadora, dedicada a la erradica­ción, virtual en unos casos y real en otros, de las clases ne­cesitadas. Otro que se postula como mensajero de Dios, al que pone de pantalla. Como Bush. Y lo hace en Ecuador, un país degradado institucionalmente con una situación que mantiene en la pobreza y el desempleo a más de la mitad de los 13 millones millones de ecuatorianos, pese a la ri­queza petrolífera del país, que les obliga a emigrar a otros países como el nuestro. ¿Quién lo saquea?

No es asombroso que el mundo esté en manos de los po­derosos, de los que tienen las armas, de los que han blin­dado el bienestar, propio y de los suyos. Siempre lo estuvo. Lo que es asombroso es que tanto depauperado, tanto so­metido, tanto despreciado, tanto hostigado y torturado sea convencido por los medios y por los políticos -en estos tiempos en que todo se sabe y se desmenuza- de que ga­nan siempre los ricos, los fuertes y los armados porque así lo quiere el pueblo en las urnas y de paso porque lo quiere el Dios de Bush que es el mismo de Alvaro Noboa.

Es asombroso que no salga en cada país un Espartaco para tratar de acabar de una vez con tanta dominación y tanta impostura que agrava el abuso con insultos perma­nentes a las inteligencias más modestas.

Aunque de poco sirvan nuestras imprecaciones contra los de siempre, para eso estamos aquí los jacobinos, los revo­lucionarios, los indignados, los que no nos dejamos enga­tu­sar con falacias y mentiras. Que lo sepan los energúme­nos de corbata.

Porque no sé cómo será. Pero llegará un momento en que la patraña general se pondrá al descubierto y la parte del mundo que domina tendrá que limpiarse sus letrinas y des­hacerse por sus propios medios de su inmensa basura o encerrar al resto en millones de guantánamos.

La pregunta es ¿hasta cuándo ese momento? ¿Hasta cuándo el mundo soportará impávido tanta manipulación de la realidad y que unos cuantos en cada país y en el globo globalizado se encaramen a lomos del resto que lo soporta?

Me temo que, mientras la "razón" política esté junto a los que poseen las armas y el dinero sólo porque los poseen para luego convertirse por eso mismo en razón electoral, nada cambiará. Y eso significa que habremos de confor­marnos con vomitar y defecar sobre todos esos magnates, ricos, ricachones, charlatanes y dirigentes que, parapetados tras guardaespaldas, tras policías y tras ejércitos se arrogan frente a nosotros también la razón moral cuando carecen de la más mínima mácula de ella. Lo único que hacen frente a nosotros, es esgrimirla a punta de pistola. Desármense, y háblenos cara a cara. Comprobarán de una vez en qué con­siste la ra­zón universal...

16 octubre 2006

Felicidad social

¿Por qué cánones se mide el grado de felicidad o bien­es­tar prolongado de un pueblo o de un país? Esta pregunta me la vengo haciendo casi desde que em­pecé a pensar.

Es un asunto de psicología social pero también de filosofía pura para desembocar directamente en el mar de la política.

Cualquiera puede ser feliz y disfrutar de bienestar en cual­quier trance. Incluso siendo pobre de solemnidad. De la misma manera que cualquiera puede respirar libertad inter­ior pese a estar recluido en prisión. Esto es tan dis­cutible como se quiera, pero es posible aunque que un po­bre o un recluso puedan ser felices no es algo que esté en efecto al alcance de cualquiera, ni tampoco puede ser comprendido por cualquiera: hay que concentrarse...

El problema está en que a ambos seres, esta sociedad de vocación opulenta y libertaria, les tiene por ilusos o por po­bres de espíritu cuando sería todo lo contra­rio. O por idiotas, cuando serían los más inteligentes. O cosa de héroes, cuando sería una heroicidad al alcance del individuo normal sin costo alguno; a condi­ción, eso sí, de no padecer -algo bien difícil- an­siedad de manera permanente. En cuanto a mí, estas sugerencias, seguro, bastan para tenerme por loco...

El problema de la felicidad que me refiero no es, ya lo he dicho, en el ámbito individual sino a es­cala colectiva. Al fi­nal, un asunto de números. Millones no pueden ser felices siendo pobres -dicen los hedonistas-, y de ahí que los de­nostadores de los sistemas colectivistas hablen continua­mente de que en un régimen de esos sólo se reparte la po­breza... Por cierto que ya nos gustaría que en las democra­cias occidentales se repartiese la ri­queza. Lo malo es que la riqueza sólo se la reparten unos cuantos. Pero si el reparto de la pobreza es equitativo y uniforme, aunque esos entu­siastas del sistema liberal no lo compren­dan por su pensa­miento degra­dado, quizá sí lo entendieran si se situasen en el plano indi­vidual en el que, como decía antes, un preso o un pobre pueden ser más felices que un rico o que un indi­viduo en li­bertad...

¿Más, o mejor? ¿Calidad, o cantidad? ¿Materia, o espí­ritu? Este sistema, el nuestro, pone su acento en el más, en la can­tidad y en la materia. Pero no otros. Otros lo ponen en “el mejor”, en la calidad y en el espíritu que no tiene que significar necesa­riamente religioso. Aquí estriba la dife­rencia entre am­bas concepciones de la vida social que, vista la historia de los últimos cien años, son irreconciliables y sin posibilidad de acuerdo.

Filosofía, espiritualidad, amor, generosidad, sueños, sen­sibilidad... es lo que necesita la sociedad para ser feliz en la medida que es posible siguiendo las sendas naturales; no mate­rialismo, deseo, ansia, desesperación por poseer y dominar; no sensaciones, convul­siones, voluptuosidad que es lo que ofrece, vende e infi­ciona el sistema que reparte la riqueza de manera tan tristemente desigual.

El mundo está en crisis permanente. La Naturaleza lo está a impulsos de lo que la especie humana le obliga. Y la so­ciedad mundial va de tumbo en tumbo, por la psicopatía ge­neralizada de una parte de ella que no deja vivir al resto pero sin vivir tampoco ella feliz. Quizá crea el indi­viduo ais­lado, ido, que lo es durante unos cuantos años de su vida, y eso podrá considerarse suficiente para defender el sistema. Pero globalmente y después del primer tramo de la existen­cia individual, es cuando viene la perplejidad.

La Organización Mundial de la Salud puede ser un refe­rente para medir indirec­tamente la felicidad/infelicidad social a que me re­fiero: por la pavorosa tasa de suicidios en Occi­dente, por la pavorosa morbilidad pese a la Medicina que da una de cal y otra de arena, por la pavorosa tasa de enfer­medades ner­viosas, por la asombrosa edad a que cada vez más tempra­namente empiezan a manifestarse éstas y el suicidio... Si, como digo, tomamos estas cifras como refe­rencia, la sociedad occi­dental está irre­misiblemente en­ferma, contagia su enferme­dad al resto de la Humanidad, y de paso es ella -y no el "ser humano" gené­ricamente consi­derado- quien se está car­gando no ya su propias posibilida­des de felicidad universal, sino la vida en el planeta. Pues ¿hay mo­delo, sistema y pen­samiento que aporten más de­gradación, más violencia ma­terial, más desintegración mo­ral al mundo y a la vida, a cambio de menos beneficio glo­bal?

Dejemos aparte las tasas de morbilidad y veamos qué dice la OMS sobre el asunto en materia de suicidio, el índice más elocuente. Comparemos nuestro sistema “modélico” con el del mundo musulmán...

Los musulmanes se suicidan mucho menos que los cris­tianos. Así lo registran las estadísticas de la OMS. En Fran­cia, el índice es de 19 suicidas por cada cien mil habitantes. En Alemania, de 15; en Canadá de 13; en Estados Unidos de 12. España de 8. Por contra, en Irán el por­centaje des­ciende a un inaprensible 0,2. En Egipto y Siria el suicidio es casi inexistente, el 0,1. Los dos países musulmanes con mayor índice de suicidios, Kuwait y Bahrein, emiratos del Golfo corrompidos por el pe­tróleo, se sitúan muy por delante de los otros, con un 2,2 y un 3 respectivamente, pero muy lejos, en cualquier caso, de nuestros registros occidentales. Incluso los judíos de Israel se suicidan tanto como los cris­tianos: 7 de cada 100.000.

Los musulmanes se matan mucho menos que los cristia­nos. Todos los años, por ejemplo, mueren en USA 30.000 personas por arma de fuego, balance superior al de un año de guerra en los Bal­canes. En Suecia, el número de homici­dios alcanza un 10,3 por cada 100.000 habitantes. En Ca­nadá, Francia, Alema­nia, las cifras oscilan entre un 10 y un 7. En América Latina, se elevan hasta un 30,7. ¿Y los mu­sulmanes? Jordania, con los porcentajes más al­tos, el 1,053. Marruecos, por ejemplo, registra 0,877 homicidios al año por cada 100.000 habitantes; Turquía 0,520; Irak, el 0,149 (hasta que irrumpió lo que sabemos); Egipto 0,037; Siria 0,017. Los judíos de Israel (hasta los conflictos recien­tes), por su parte, asesinan al mismo nivel que los cristia­nos, 6,278, muy por encima, por cierto, de los buenos cris­tianos españoles -sólo un 2,2". (Santiago Alba Rico)

La vida es así... No, la vida no es así. La vida la hace ex­tremadamente tensa el abominable modelo occidental. Es así, porque el catolicismo, que impera desde que se pierde la memoria, se cargó hace mucho al cristianismo. Es así, porque el protestantismo weberiano se cargó el luteranismo; porque el sionismo se cargó el judaísmo. Otras religiones no nos afectan a los occidentales si no allanamos sus países, la morada en que se profesan.

La vida es así, porque el sensualismo, el pragmatismo fe­roz anglosajón, el egoísmo potenciado, el "mediatismo" y úl­timamente el capitalismo más salvaje que pueda la historia conocer... es decir, todos esos envi­lecimientos que pudren a la sociedad occidental, están haciendo al mundo "así" de in­habitable o de invivible. Pues hacen de todo punto imposible volver a so­ñar con una Edad de Oro y porque por otro lado es imposible dis­ociar la filoso­fía personal de cada cual con un entorno sociopolítico tan suma­mente impuro en medio de una Naturaleza que se nos va...

15 octubre 2006

Análisis de "México, el aprendizaje de la democracia"

Artículo de Joaquín Vidal-Beneyto

Ante todo dígase que Vidal Beneyto es un portento aca­dé­mico. Por eso vale la pena analizar su examen:

-Filosofía, Sociología, Ciencia Política y Derecho en las Universidad de Valencia y Madrid
-Ampliación de Estudios en las Universidades de Paris-Sorbonne y Hei­delberg
-Doctor en Derecho por la Universidad de Málaga

Pero hoy, a mi juicio no tan dotado de méritos como el suyo, mi admirado Vidal-Beneyto hace un análisis muy fino sobre la democracia actual y a propósito de lo que está su­cediendo en México que a mi entender patina lo suficiente como para pre­ocuparme por sus juicios de valor aplicados a la po­lítica y con­cretamente a la democracia con mayúscu­las. Dice en el citado artículo publicado ayer en El País:

1º La Comisión Trilateral, creada por iniciativa de Rockefe­ller, encarga en 1974 a tres académicos consagrados: Cro­zier, Huntington y Watanuki un estudio de las disfunciones. En su Informe sobre la gobernabilidad de las democracias (1975) nos proponen lo que viene funcionando de hecho por lo menos desde entonces: disminuir la participación ciuda­dana, quintae­sencia de la democracia, y sustituirla por una conducción tec­nificada de la economía de la sociedad, pues sólo la goberna­ción de los expertos puede dar respuesta a las crecientes ex­pectativas y a la extraordinaria complejidad del entramado pro­pio de nuestra contemporaneidad. Esta propuesta es contes­tada 15 años más tarde por quienes de­fienden la concepción participativa de la democracia y para quienes un sistema polí­tico sin ciudadanos es en el mejor de los casos autoritarismo.

2º El neopatrionalismo de Einsenstadt insiste en la perpe­tua­ción de los gobernantes que supone negarse a dar en­trada y a reconocer la legitimidad de la oposición.

3º Por último, relaciona V. Beneyto lo anterior con México y el "disentiente" Enrique Kreuze. Habla del aprendizaje de las li­bertades y de la ciudadanía que son “la mejor garantía de la paz y de la igualdad social en el que la contribución de la dere­cha civilizada es fundamental pues es el único puente transita­ble hacia la clase dominante”.

Pero entonces yo me pregunto ¿en qué quedamos? Si los tres académicos consagrados han hecho una propuesta que sobre el terreno es tan afortunada que se corresponde con lo que está ocurriendo en realidad; es decir, que la partici­pación ciudadana es cada vez menos decisiva en los países en que en otro tiempo hipotéticamente lo fue y es lo desea­ble, sus­ti­tuida por la conducción tecnificada de la economía, pues sólo la gober­na­ción de los expertos puede dar res­puesta a las cre­cientes ex­pectativas y a la extraordinaria complejidad del en­tramado pro­pio de nuestra contempora­neidad, ¿qué clase de demo­cracia ha de aprender México y qué clase de aprendizaje vale la pena si la madurez en de­mocracia de los países occi­dentales signi­fica haber caído de lleno en la con­ducción tecnifi­cada de la economía? De modo ¿podemos admitir que sea preciso aprendi­zaje al­guno, y que por lo di­cho a continuación la demo­cracia es para las libertades y la ciudadanía la mejor ga­rantía de la paz y de la igualdad so­cial? ¿Qué clase de demo­cracia pro­pone Vidal Beneyto a México?

Porque lo exhumado por él no son ya propuestas, ni re­sulta­dos del estudio de esos tres académicos. Son ya reali­dades por lo siguiente:

1 El ciudadano y su participación irrelevante han sido sus­ti­tuidos por la gobernación de los "expertos" fundamental­mente económicos, mediáticos y publicitarios. Esto es un autorita­rismo compartido que da la absoluta razón a Marx cuando afirma que la política es una mera superestructura cambiante de lo económico.

2 Perpetuación de los gobernantes. Efectivamente todo in­dica que se va camino del partido único, tan denostado, del fi­locomunismo. pero sea un partido de mejor voluntad y ta­lante, sea otro a cara de perro, ambos coinciden en el fondo en todo: en participar en el circo democrático, en asumir las mismas re­glas del mercado, en aceptar la autori­dad uni­ver­sal del más fuerte, en seguir la senda marcada por el im­pe­rio y mantener las mismas pautas para la depre­dación de los países más ricos en recursos pero social­mente los más po­bres con la complici­dad de dirigentes com­prados.

3 De manera que hablar de aprendizaje de la democracia, que parece, según Vidal-Beneyto, es lo que necesita México, para llegar a esto, no es más que un sarcasmo. Pues esa de­mocracia resultado del estudio de los tres aca­démicos es ya una realidad como un templo que su­pone:

a) lo que, escudada en esas libertades, la democra­cia aporta al mundo es violencia, dominación de unos pue­blos a manos de otros sin autoridad moral, despliegue del poder re­presivo emboscado en justifi­caciones inventadas o prefa­brica­das, como el terrorismo que o no existe o es di­nami­zado por el propio poder represivo para justificarse; la­dinas maniobras preparatorias para nuevos controles so­ciales, prostitución de la democracia en sí. El resto de los países orientales, si no son hostigados por los codiciosos occiden­tales, no tienen esos problemas.
b) el citado desplazamiento de la figura del ciudadano por la de los "expertos" que en el fondo sólo lo son para amarrar el sistema. ¡Qué más da como lo llamen si la falta de liber­tad la palpamos en infinidad de situaciones quienes nos en­frentamos al po­der aunque no empleemos las violen­cia ma­terial ni vaya­mos a las barricadas!
c) la impresión de que todo lo escrito, propuesto y anali­zado por los expertos no hace más que perpetuar no ya a los gober­nantes, sino a las clases dominantes en las que en general no hay apenas movili­dad en sentido sociológico, pues son siem­pre aproxima­damente los mis­mos, las mis­mas familias y los mismos opulentos quienes gobiernan, di­recta o indirectamente en cada socie­dad occi­dental.

En fin que veo por primera vez en Vidal Beneyto a un co­labo­racionista ilustrado más del sistema. Ni siquiera res­ponde él a tanta treta para la perpetuación de éste que in­dudablemente está cada vez más orientado orientado al de­bili­tamiento de la individualidad, por más que el sistema, los “demócratas de toda la vida”, el vaticanismo y la democracia parlamentaria es­tadounidense finjan preocuparse más del individuo aislado que de la so­ciedad... A menos que todos ellos, incluido V. Beneyto, estén pensando en el individuo pertene­ciente a las castas eternamente ricas, dominantes y gober­nantes por dis­tintos me­dios, desde distintas posicio­nes so­ciales y con diferentes ca­retas. Porque entonces sí tendrían to­dos razón...

Francamente no entiendo nada en esta ocasión a Vidal Be­neyto más allá del desmenuzamiento que hace sobre el estado de cosas actual, sobre el destape de la visión de los académi­cos consagrados expuesta, y sobre la tesis del aprendizaje de las libertades y la necesidad de la derecha civilizada. Y lo siento. Lo siento porque he visto en Vidal Beneyto muchas ve­ces un bastión precisamente para con­tribuir al cambio hacia posiciones que se salen fuera del marco que sujetan todos los demás entre los que no adivi­naba, ingenuo yo, estuviera tam­bién él.

Lo dicho. Este mundo avanza inexorablemente por el em­puje de mutantes cuyo número se ve engrosado cada día por más muertos vivientes que de los que se nutren las de­mocracias occidentales. No desearía que Vidal Beneyto fuera uno de ellos, pero a juzgar por este significativo artí­culo me temo que también ha caido en el garlito...